sábado, 1 de julio de 2017

[REPOSICIÓN] Los peligros del huelebraguismo


Hoy hay hombres que, de una forma muy particular, se someten gustosos a sus esposas y novias. Les obsequian con regalos carísimos todo el tiempo, les prestan costosísimos servicios, les sonríen constantemente y les obedecen en todo. Parecen hombres acomplejados, y por esto sumamente agradecidos de que, a pesar de todo, ellas estén con ellos. La dádiva y el servicio continuos funcionan como su manera de reconocer y de compensar esta supuesta anomalía. Estamos, en fin, ante una forma de sometimiento voluntario, o por la fuerza de lo social, a las mujeres.
    
En un nivel práctico, este asunto no sería tema de mayor preocupación si quedara en esto, en un asunto particularísimo de determinados matrimonios y de determinadas parejas de novios (en un nivel más profundo sí puede vislumbrarse detrás del fenómeno el efecto que la combinación de la insidiosa ideología feminista y de la machacona publicidad comercial tiene en la autopercepción de las mujeres en cuanto sexo, que ahora empiezan a creerse excelsas y magníficas por el solo hecho de ser mujeres). Pero estos hombres, huelebraguistas, ejercen, quiéranlo o no, una presión intolerable hacia el huelebraguismo sobre aquellos que no lo son. Y esta presión, por ser personal, es indeciblemente mayor que la que la ideología feminista y la publicidad comercial combinadas pueden hacer sobre ellos. Y es que es bien sabido que en muchas mujeres todo es charla absurda, parloteo diletante, comentario frívolo, conversación inadecuada, comunicación impertinente y verborrea insoportable. Y es obvio que, en el contexto insensato de este coloquio interminable, las mujeres beneficiadas por el huelebraguismo transmiten al resto de féminas que se prestan a escucharlas su feliz circunstancia, presentada además como norma (realmente cada vez hay más huelebraguistas) y como algo a lo que, sin lugar a dudas, tienen derecho por su condición de mujjjjjer. 
    
Y este resto, de inmediato, se siente dolorosamente agraviado y, pícaras, exigen a sus maridos y a sus novios que sucumban a sus exigencias huelebraguistas como la más natural de las cosas. En la búsqueda desesperada de la paz en el hogar, o en la relación si es que son novios y no están ni casados ni instalados en la infamia del amancebamiento, muchos acatan la orden. ¡Craso error! La dinámica huelebraguista no solo se propaga (de un matrimonio o pareja de novios a otro), también se intensifica (en cada matrimonio, en cada pareja de novios), y cada vez se hace más abusiva en sus exigencias.

2 comentarios:

  1. Todo esto es cierto. Lo viví como hija de un matrimonio en el que mi padre fue humillado, sin importar que llevara el dinero a la casa. Ahora entiendo por qué mi madre dio su anuencia para que él tuviera un trabajo que lo obligara a viajar. Pero no toda la culpa es de nosotras; los huelebraguistas son eso por comodinos. Muchas veces toman por esposas a mujeres que no les convienen para tener el pretexto idóneo de no convivir realmente con ellas y culparlas de todo lo que salga mal en la familia y en la relación. De jovencita me di cuenta de que al matrimonio se llega siempre y cuando tenga una habilidad para chantajear al incauto que se acerca, que a veces no es tan incauto. Nos tienen perfectamente observadas, investigadas y catalogadas. Creo que más bien se deberían acabar los juegos y las intenciones ocultas no sólo en la relación de pareja sino en todo tipo de relación que entablemos con la persona que sea.

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  2. No toda la culpa es de vosotras, pero en gran parte es. 75% en lo menos. Esto no se olvidará cuando los cambios vienen.

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