domingo, 5 de marzo de 2017

¡Hombre, deja de remar!


Existe un contrato social entre sexos, un contrato sexual, que otorga unos derechos e impone unas obligaciones a hombres y mujeres. Las obligaciones de los hombres permiten los derechos de las mujeres y las obligaciones de las mujeres los derechos de los hombres. Si la acción combinada del liberalismo y del feminismo hace que este contrato sexual se rompa porque las mujeres se niegan a cumplir las obligaciones del contrato, no hay motivo alguno para que los hombres sigan cumpliendo con las suyas, es decir, para que sigan remando. Esto, que en un planteamiento abstracto es de sentido común, parece difícil de comprender, y aún más de practicar, para una proporción importante de hombres.
   
La ruptura del contrato sexual ha sido asimétrica: las mujeres liberales y feministas, hoy la mayoría, se niegan a cumplir con sus obligaciones pero exigen, con más fuerza si cabe, sus derechos. Exigen a los hombres seguir remando, directamente o, indirectamente, a través de la coacción estatal, por ejemplo mediante leyes de divorcio abusivas, mediante la infame Ley Orgánica de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género, mediante las listas electorales “paritarias” y las listas electorales “cremallera”, mediante las subvenciones masivas a asociaciones y entramados feministas, etc. 
   
Los hombres son presionados para que sigan remando, a pesar de la ruptura del contrato sexual. Ahora reman, cumplen con sus obligaciones, sin derechos a cambio. La mujer liberal y feminista, en cambio, pretende hacer lo que le viene en gana y seguir disfrutando de unos derechos que solo corresponden a aquella que cumple con sus obligaciones, en virtud del contrato sexual. La presión a los hombres para que sigan participando en este juego desigual e injusto es de dos tipos. La derivada de la coacción estatal, legal, ejemplificada en varios supuestos arriba, y la proveniente del chantaje de la caballerosidad, que impide al varón eliminar el trato preferente, que hoy deviene aquel conjunto de privilegios de nivel microsociológico que los hombres dan a las mujeres por el mero hecho de ser mujeres. Para la mujer no feminista y no liberal esos privilegios son derechos (en sentido sociológico, no legal), pero para la mujer feminista y liberal son privilegios. 
   
Sobre la coacción estatal poco se puede hacer a nivel individual e inmediato. Se puede y se debe luchar políticamente contra el feminismo y sus abusos; se debe tratar de poner en manos del estado la menor cantidad de recursos posibles (de tipo económico, de legitimidad, etc.) para que las prácticas abusivas contra los varones puestas en marcha por el estado tengan menor alcance. Pero sobre el chantaje de la caballerosidad sí se puede actuar de modo inmediato e individual. Simplemente dejando de comportarse como un caballero con aquellas mujeres liberales y feministas, lo cual quiere decir eliminar el trato preferente y sustituirlo por la indiferencia. Esta ha de ser la actitud social por defecto hacia este tipo de mujeres.