miércoles, 1 de febrero de 2017

Cuando te llaman machista


Hablo aquí de una situación más que frecuente, la de que te llamen machista, algo que ocurre en la mayoría de las ocasiones sin motivo sustantivo, es decir, sin serlo o sin haber actuado como tal. 

“Machista” es una palabra-policía. Además es de las que tienen más fuerza, casi comparable en este sentido a “racista”, a “fascista”, a “nazi”… Ya se explicó en su momento qué son las palabras-policía: aquellas connotadas de tal manera que además de expresar algo, servicio esencial de cualquier palabra, adquieren dos utilidades suplementarias. Una de ellas es funcionar como herramientas de represión de “malos pensamientos”, es decir, de aquellos disconformes con la ideología dominante determinada. La otra es servir como instrumentos de descalificación radical del oponente discursivo. 

Pueden llamarte machista no habiendo sostenido un discurso o ejecutado una acción de carácter machista. De hecho, y como he dicho, la mayoría de las veces en que se utiliza esta palabra como acusación contra un hombre cualquiera acontece de esta manera. En tales casos, el carácter policíaco de la palabra se hace evidente. La persona que te llama así, seguramente una mujer, o un hombre bien adoctrinado en la ideología feminista, pretende que te calles, avergonzándote y sacándote del debate, o haciendo que otros te saquen, o que interrumpas tu acción, o que te la interrumpan. También puede pretender adoctrinarte, “educarte” en el feminismo, aunque más probablemente persiga adoctrinar y educar al público. Hoy “machista” puede ser casi cualquier cosa que no sea obedecer a la mujer feminista más cercana. Conforme la ideología feminista ha ido alcanzando más influencia social, hasta convertirse en hegemónica, ha ido intensificando sus postulados y abarcando más y más parcela social, hasta devenir ideología de claro carácter extremista y totalitario. Lo cual, ¡ojo!, tampoco quiere decir que antes existiera un feminismo bueno. 

¿Qué hacer? En primer lugar, no tomarse la acusación demasiado en serio. Esto no significa que el asunto no sea serio, que las intenciones del acusador no puedan ser serias, o que las consecuencias carezcan de esta seriedad. Pero la realidad es la que es, y cuando una ideología extremista y totalitaria se hace hegemónica no deberían quitarte el humor las consecuencias de tal hegemonía en una situación discursiva concreta. Esto no quiere decir renunciar a la propia defensa, que no va a consistir en reprimir los propios “malos pensamientos”, en desdecirse o en pedir disculpas a la agraviada de turno, sino en sostener un discurso fuerte y claro sobre el asunto, poniendo de manifiesto que los postulados de la ideología feminista son solo eso, postulados de una ideología muy concreta y no la verdad per se. Esto suponiendo que te dejen defenderte, cosa que no siempre ocurre. Muy importante es recordar siempre que las discusiones con feministas militantes son no sólo de mal gusto, también inútiles; toda esta defensa debe ir dirigida al público general, más o menos adoctrinado en la ideología feminista. Se debe saber, no obstante, que lo más frecuente entre el público ya adoctrinado en este extremismo es lo mismo que te encontrarás entre las feministas militantes: rostros desencajados y masivo vociferar. En segundo lugar, aunque esto es algo que, si te gusta la libertad o la justicia, hay que haber estado haciendo antes, pero valga la situación como aviso de una tarea pendiente, luchar constantemente en contra de la hegemonía de tal ideología feminista. Muchas cosas se pueden hacer, desde evitar la propaganda feminista en lo posible, a boicotear productos con evidente carga ideológica feminista, negar tu voto a personas y candidatos feministas, etc. En tercer lugar, y casi lo más importante, rodearte de aquellos que son como tú.