sábado, 21 de enero de 2012

El superhumanismo

    
«No se comprende nada del fascismo si no se cae en la cuenta, o no se quiere admitir, que el llamado “fenómeno fascista” no es otra cosa que la primera manifestación política de un vasto fenómeno espiritual y cultural al que llamaremos “superhumanismo”, cuyas raíces están en la segunda mitad del siglo XIX.
    
Este vasto fenómeno se configura como una suerte de campo magnético en expansión, cuyos polos son Richar Wagner y Friedrich Nietzsche. La obra artística de Wagner y la obra filosófica-poética de Nietzsche han ejercido una enorme y profunda influencia sobre el ambiente cultural europeo del fin de siècle y en la primera mitad del siglo XX, tanto en sentido negativo (provocando rechazos) como en sentido positivo: inspirando a seguidores (filosóficos y artísticos) y desencadenado acciones (espirituales, religiosas y también políticas).
    
La obra de estos autores es, de hecho, eminentemente “agitadora”; su importancia está muchísimo más en el “principio” nuevo que introducen en el ámbito europeo que en su expresión misma y en las primeras “aplicaciones” que de estos principios se han realizado.
    
Por “principio” entiendo aquí el sentimiento del sí mismo y del hombre, que en cuanto se dice a sí mismo, se auto-afirma, es un “Verbo” (Logos); en cuanto que persigue un fin es “voluntad” (personal y comunitaria) y es también, inmediatamente después que sentimiento, un sistema de valores. Lo que a través de la obra de Wagner y Nietzsche entra en circulación y se difunde, con mayor o menor fuerza, es – sobre todo – el “principio”, aunque éste sea imperfectamente “captado” o reciba, a causa de su novedad, interpretaciones y “aplicaciones” inapropiadas. Por las vías más extrañas a veces subterráneas, este principio ha sido transmitido y recibido. Y es sólo medio siglo después de su nacimiento cuando empieza a obtener cierta difusión social, cuando empieza a ser aceptado y hecho propio por grupos sociales enteros de hombres, que se reconocen en él, a veces sin saber incluso quien ha puesto en circulación el nuevo “principio”; así se han creado los primeros movimientos “fascistas”.
    
Entre superhumanismo y fascismo, más que la relación eminentemente intelectual que para los marxistas existe entre teoría y praxis, lo que existe es una relación genética espiritual, una adhesión a veces inconsciente del segundo al “principio superhumanista”, con las acciones políticas que de él dimanan. Precisamente por esto se ha podido decir, aunque la expresión no es muy afortunada, que “el fascismo es acción, a la que es inmanente un pensamiento”, y se ha hablado también de la “mística fascista” y del carácter cuasi “religioso” del fascismo.
    
El “principio superhumanista”, respecto del mundo que lo circunda, deviene el enemigo absoluto de un opuesto “principio igualitarista”, que es el que conforma este mundo. Si los movimientos fascistas individualizaron al “enemigo” – espiritual antes que político – en las ideologías democráticas – liberalismo, parlamentarismo, socialismo, comunismo y anarquismo – es justamente porque, en la perspectiva histórica intuida por el principio superhumanista, estas ideologías se configuran como otras tantas manifestaciones, aparecidas sucesivamente pero aún presentes todas, del opuesto principio igualitarista; todas tienden a un mismo fin con un grado diverso de conciencia y todas ellas causan la decadencia espiritual y material de Europa, el “envilecimiento progresivo” del hombre europeo, la disgregación de las sociedades occidentales.
    
Por otra parte, si se puede afirmar que todos los movimientos fascistas tienen un determinante instinto superhumanista, está también claro que han tenido un “nivel de conciencia” de ello, variable; y es precisamente este distinto “grado de conciencia” lo que se refleja en la graduada variedad de los movimientos fascistas y en sus respectivas actitudes políticas. No es de extrañar, pues, que si todos combaten las “formas políticas” del igualitarismo, a veces no se definan contra sus formas “culturales” o si se definen, lo hacen en menor grado. Y, además, como ocurre siempre, entre el campo fascista y el igualitarista se crea un campo intermedio, “oscilante”, con “formas” espurias».
    
Fragmento del artículo “La esencia del fascismo”, de Giorgio Locchi. Publicado en Definiciones. Giorgio Locchi. Ediciones Nueva República, Barcelona, 2010, págs. 249-251.

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