lunes, 1 de agosto de 2011

El Estado comercial cerrado: Fichte frente a la globalización


«(…) la influencia incontrolable del extranjero debe ser excluida; y el Estado racional es un Estado comercial cerrado, lo mismo que es un reino cerrado de leyes e individuos».

Introducción
    
¿Qué tiene Fichte qué ofrecernos en pleno siglo XXI? Pues bien, el Fichte de El Estado comercial cerrado, un Fichte socialista, no muy distinto del Fichte que ya conocemos, el de los Discursos a la nación alemana, un Fichte nacionalista (y puede incluso decirse que el socialismo de Fichte aparece como consecuencia necesaria de su nacionalismo) tiene mucho que decir, y tiene mucho que proponer, en este escenario europeo presente de des-nacionalización en todos los sentidos, empobrecimiento, desindustrialización, precarización, tercerización inducida, inmigración masiva y desolación. Aquí no interesa un análisis puramente académico de Fichte, no hablaremos del yo absoluto fichteano. El Estado comercial cerrado es, evidentemente, fruto del idealismo ético del alemán y de su planteamiento de racionalización, casi abusivo, de los asuntos humanos. Pero, trasladándonos a lo pragmático, mejor veamos qué hay de aprovechable, para el tiempo de hoy, en este texto antiguo e, innegablemente, dotado de cierto componente utópico.
    
Relevancia para nuestro tiempo
    
La libertad de circulación de capitales, mercancías y personas a nivel mundial no es positiva para las clases populares nativas de Europa. Miente el liberal, como el bellaco que es, cuando afirma que sí lo es. Miente el marxista, otro bellaco de manual, cuando propugna esto. Mienten todos los que sostienen semejante tesis. La globalización nos es nefasta (1). Y España, en particular, es una nación europea que va camino del tercermundismo precisamente por la aplicación de estas “libertades”. Comentando este punto con Daorino, éste denuncia muy especialmente la toma de postura pro-globalización del marxista, del comunista. A juicio de Daorino, éstos están completamente a favor de la libertad absoluta de circulación de mercancías, lamentando, nada más, que la desregulación migratoria no sea igual de absoluta. Las consecuencias, para la gente, de la aplicación de estas “libertades”, a estos demagogos no les preocupan en modo alguno.
    
La libertad de circulación de mercancías permite que un producto fabricado a un precio diez veces menor del nacional, en un país donde la explotación de la mano de obra es brutal, donde no existe siquiera un atisbo de legislación efectiva contra la excesiva contaminación o de protección del medio ambiente (un país como Indonesia, como Brasil, o cualquier país comunista, como la República Popular China o como Vietnam, o incluso un país de Europa del Este) pueda ser introducido en España sin apenas aranceles, acabando de esta manera con el ramo empresarial español correspondiente. La libertad de circulación de capitales hace posible que cualquier capitalista importante cierre empresas rentables ubicadas en España y traslade la correspondiente producción a cualquiera de estos países, en busca de un plus de rentabilidad adicional (2). La creciente, en la práctica, libertad de circulación de personas hacia Europa y Norteamérica, considerada hasta como obligación moral (“ningún ser humano es ilegal”, “aquí vivo, aquí voto”), permite la irrupción de millones de inmigrantes en estas áreas, logrando el capital reproducir así, en parte, la situación de precarización laboral extrema existente en las áreas emisoras de inmigración y, en cualquier caso, empeorando las condiciones laborales del área que recibe esta inmigración (España, resto de Europa, Norteamérica). El correspondiente discurso marxista, progre, derechohumanista y oenegetil al uso sirve para conformar la superestructura ideológica que justifica, e incluso hace aparecer como algo positivo, esta inmigración masiva, que no es sino un mero instrumento del capital. Sobra decir que, de paso, esta inmigración masiva ayuda a horadar poco a poco, pero cada vez más rápido, las estructuras sociales tradicionales de las sociedades que la sufre, a la vez que hace más fácil el que la burguesía acabe con los derechos civiles, políticos y sociales de los antes ciudadanos y amplie el poder sobre ellas, ya casi omnímodo, del capital global. El interés (liberalismo) y el resentimiento (marxismo) colaboran y hacen cada uno su papel para que todo este sistema contra los pueblos continúe y se intensifique.
    
Esquema de análisis fichteano
    
Fichte no se anda con medias tintas. Fichte, en El Estado comercial cerrado, propone algunas medidas que considera propias de un Estado racional y que hoy resultan soluciones  a parte de los problemas ocasionados por las políticas que la oligarquía mundial, en ciernes de convertirse en gobierno mundial, practica contra nuestros pueblos. El libro en sí es breve, apenas 160 páginas, y estructurado en tres apartados: “Filosofía”, dedicado a analizar «qué es de derecho en cuanto al comercio en el Estado racional» (3), “Historia contemporánea”, o «cuál es la costumbre, sobre este punto, en los Estados reales existentes» (4) y “Política”, es decir, «el camino por el que un Estado puede pasar de la última situación a la primera» (5). Veamos algunas de sus propuestas.
    
Prolegómenos
    
En primer lugar, hay que acabar con los abusos. La propiedad está tan desigualmente repartida que la mención de la palabra justicia en cualquier ordenamiento político actual referido a nuestro entorno suena a chiste. Fichte no tiene complejos al respecto y sabe bien qué es lo correcto (6):
    
«Cada uno desea vivir de un modo tan agradable como le sea posible; y puesto que cada uno exige esto en tanto que hombre, y ninguno es más o menos hombre que el otro, todos tienen igualmente derecho con respecto a esta exigencia. La división tiene que ser hecha conforme a esta igualdad de derechos, de tal forma que todos y cada uno puedan vivir de forma tan agradable como sea posible, si es que tantos hombres como están presentes deben coexistir en esta esfera de actividad disponible; por tanto, la división tiene que ser hecha de tal forma que todos puedan vivir sin peligros y de un modo igual de agradable. Que puedan, digo, y de ningún modo que estén obligados a ello. Si alguien vive de una forma más desagradable, ello tiene que depender solamente de él mismo, y de ningún modo de alguna otra persona.
    
Consideremos una determinada suma de actividades posibles en una cierta esfera de acción como una única magnitud. El carácter agradable de la vida que resulta de estas actividades es el valor de esta magnitud. Consideremos un determinado número de individuos como la segunda magnitud. Dividid el valor de la primera magnitud en partes iguales entre los individuos y hallaréis lo que cada uno debe recibir en unas circunstancias determinadas. Si la primera suma fuera mayor, o la segunda más pequeña, entonces seguro que cada uno recibiría una parte mayor; pero vosotros no podéis cambiar nada de esto; a vosotros sólo os importa que se reparta lo existente equitativamente entre todos.
    
La parte que corresponde a cada uno es lo suyo por derecho; debe recibirlo si todavía no se le ha otorgado. En el Estado racional lo recibe; en el reparto que se ha hecho por el azar y la violencia antes del despertar de la razón y antes del reinado de ésta, no lo ha recibido todo el mundo, puesto que otros acapararon más de lo que les correspondía. La finalidad del Estado real, el cual se aproxima mediante su habilidad a la razón, tiene que ser la de proporcionar paulatinamente a cada uno lo suyo, en el sentido de la palabra que acabamos de indicar. Es esto lo que quise decir cuando afirmé anteriormente que la misión del Estado consiste en dar a cada uno lo suyo».
    
Por si cabe alguna duda sobre qué entiende Fichte por racional (7):
    
«(…) el bienestar interior esencial consiste en poder conseguir los goces más humanos con un trabajo mínimamente penoso y duradero. Pero es del bienestar de la nación del que se trata aquí, no del de algunos individuos, cuyo supremo bienestar es a menudo el signo más visible y el verdadero motivo del supremo malestar de la nación; este bienestar debe extenderse a todos en el mismo grado».
    
Para terminar con esto, en Fichte estos conceptos de bienestar y racionalidad quedan circunscritos al hecho nacional. Hay que ser consecuentes y evitar a los oportunistas (inmigrantes, por ejemplo) (8):
    
«(…) en rigor y en el mero Estado nacional, ningún hombre tiene realmente derecho a un bienestar superior del que resulta del clima en el que vive y de la cultura de la nación de la que es miembro».
    
Inconvenientes del comercio internacional e irracionalidad del Estado comercial abierto
    
Pasamos a continuación a los puntos fuertes del argumento fichteano para el cierre comercial del Estado. El Estado racional tiene que garantizar unos precios razonables, que den cuenta del trabajo depositado en cada mercancía, y asimismo debe asegurar la fluidez del mercado. El comercio internacional no permite ninguna de estas dos funciones (9).
    
«El gobierno debe poder contar con la introducción de una determinada cantidad de mercancías en el comercio, para tener asegurada siempre a sus súbditos la constante satisfacción de las necesidades usuales. ¿Cómo podrá calcular con seguridad la aportación del extranjero a esta cantidad, si éste no está sometido a su dominio? Debe fijar el precio de las mercancías y garantizarlo. ¿Cómo podrá hacer esto con respecto a un extranjero, puesto que no sabrá determinar los precios según los cuáles éste vive y comprar las materias básicas en su propio país? Si el gobierno le pone al extranjero un precio al que éste no se puede atener, entonces el extranjero evitará en lo sucesivo el mercado de aquél, y se producirá una escasez de lo imprescindible para satisfacer las necesidades ordinarias. El gobierno debe garantizar a sus súbditos la venta de sus productos y manufacturas, así como un precio conveniente de los mismos. ¿Cómo le es posible llevar a cabo esto si sus súbditos venden al extranjero mercancías, y él no puede controlar ni organizar las relaciones del extranjero con las mercancías de sus súbditos?»
    
En definitiva (10):
    
«(…) la influencia incontrolable del extranjero debe ser excluida; y el Estado racional es un Estado comercial cerrado, lo mismo que es un reino cerrado de leyes e individuos».
    
Con esto el Estado deja de ser la superestructura que garantiza el bienestar de la burguesía. Quedan desenmascarados los patrioteros, falsos patriotas interesados únicamente en los beneficios materiales inmediatos que la pertenencia al Estado puede conllevar. La alternativa a la intervención en la economía es el laissez faire, el Estado mínimo burgués, y sabemos demasiado bien a dónde nos lleva. El sovietismo es una forma de gestión económica tan brutalmente intervencionista como fracasada (11). El Estado debe intervenir para garantizar los equilibrios básicos de la economía: precios justos, trabajo, prosperidad. Sí al socialismo nacional.
    
Ni comercio internacional, ni inmigración; ni globalización económica, ni globalización demográfica. Se acabaron las deslocalizaciones y el traslado de industrias a naciones con una mano de obra semi-esclava; lo que allí se produzca no se podrá vender aquí, de modo que la jugada ya no tendrá razón de ser.
    
El cierre al comercio internacional ha de ser total. Un cierre incompleto, mediante aranceles, no basta, y genera multitud de problemas: los aranceles son percibidos como simple medio de incrementar los ingresos del Estado, se instala el fraude y el contrabando, la desmoralización de los ciudadanos, la instauración de un régimen excesivamente sancionador, las reacciones violentas del bandolerismo y su respuesta en forma de violencia estatal y, como no, el correspondiente incremento en la necesidad de funcionarios y empleados públicos que gestionen este cierre incompleto.
    
Además, no es funcional (12): 
    
«(…) este sistema del cierre incompleto respecto al comercio exterior (sistema en el cual no se determina con exactitud la cantidad de mercancías que debe haber en el comercio con relación a las necesidades de la nación) no consigue lo que debiera conseguir, y ocasiona nuevos males».
    
Ya se ha dicho arriba cuales.
    
No es racional que el Estado forme una estructura unitaria legal y política y no económica. Todo menoscabo de la soberanía económica del Estado es un ataque directo a su soberanía nacional. Por eso nos resulta tan extraño un supuesto patriotismo liberal que, en nombre de la nación, destruye, por el librecambismo, los fundamentos materiales de esa nación. Así que lo que hay que hacer es actuar y comenzar de inmediato la transición desde el viejo sistema, el librecambista, el liberal, donde la soberanía nacional y el bienestar del pueblo quedan al arbitrio de los intereses mercantiles y monetarios de los traficantes internacionales de capital, mercancías y hasta personas, al nuevo sistema, el único racional, el único soberano (13):
    
«Por lo que se refiere al comercio y a la industria, el punto esencial del tránsito de todos los sistemas políticos actuales (…) al sistema, según nuestra opinión, únicamente verdadero y exigido por la razón, consiste en que el Estado se cierre completamente a todo intercambio con los países extranjeros, y de ahora en adelante forme un cuerpo comercial separado, lo mismo que hasta el momento ya ha formado un cuerpo jurídico y político separado».
    
Con todo lo dicho en este apartado, a nadie debería extrañarle que hoy sea el propio gobierno (de ocupación y al servicio de los traficantes de la Bolsa) el que aliente la deslocalización de una forma directa (14); a tal grado de desquiciamiento lleva la apertura comercial una vez es aceptada como política económica posible. De una forma indirecta, el gobierno también estimula la deslocalización cada vez que firma un acuerdo de libre comercio. El pensador Eduardo Arroyo ha caracterizado bien el significado y las consecuencias de estos sucios acuerdos (15):
    
«(…) esas zonas de "libertad económica", tan caras a los liberales de todo pelaje, han supuesto la destrucción de millones de empleos en los países que pagan salarios dignos y garantizan con controles de todo tipo los productos y la seguridad de los trabajadores. Para los países que no lo hacen, por cierto, tampoco ha significado una mejora constatable. Al final, el precio de la mano de obra se equilibra a la baja en un punto medio entre el nivel inicial de exportadores e importadores de productos, mientras que la multinacional de turno hace su agosto trasladando su producción a regiones donde el costo de producción –es decir, salarios, seguros y calidad- es mucho más bajo, con lo que ve incrementar astronómicamente sus beneficios».
     
Preparación y requisitos del Estado comercial cerrado
    
El cierre del Estado es un proceso complicado que requiere una preparación (16):
    
«(…) un gobierno que fuese a cerrar el Estado comercial, debería haber introducido y conseguido antes la fabricación nacional de todas las manufacturas necesarias para sus ciudadanos, además de la producción de todos los productos auténticos o sustitutivos, hasta el momento usuales o imprescindibles para los trabajos de transformación en las fábricas; y ambas cosas, en la cantidad necesaria para el país».
    
No es ningún secreto que hoy caminamos en sentido contrario. En el contexto español la desindustrialización, inducida por sucesivos gobiernos que, tal y como se ha dicho, no son sino gobiernos de ocupación al servicio de intereses foráneos y de cuño mundialista, es patente. Cada vez se fabrican menos productos en España, y nuestra nación parece haberse especializado en ciertos servicios, alguno de ellos bastante peculiar: bares, restaurantes y casas de putas. Pero extendiendo el análisis al contexto europeo, como posible bloque autárquico, la situación no mejora sustancialmente. La deslocalización industrial es constante y el tejido productivo industrial europeo es, proporcionalmente, cada vez más exiguo. Eurosiberia es imposible como entidad de comercio abierto al mundo.
    
    
El Estado comercial cerrado tiene unos requisitos. No puede cerrarse una comarca, una aldea, una absurda comunidad autónoma (17):
    
«(…) necesita, para satisfacer las exigencias de sus ciudadanos (…) un país extenso, que contenga en sí un sistema completo y cerrado de la producción necesaria».
    
El cierre comercial del Estado, la imposibilidad del comercio directo de cualquier ciudadano con cualquier extranjero, debe, para conseguirse, ir acompañado de medidas monetarias (18):
    
«(…) habría que poner fuera de curso toda la moneda mundial que se encuentra en las manos de los ciudadanos, es decir, todo el oro y toda la plata, y sustituirla por una nueva moneda nacional, es decir, una moneda que sólo tuviese validez en el interior del país, y exclusivamente en él».
    
La razón de esto es evidente (19):
    
«Toda posibilidad de comercio mundial descansa en la posesión del medio de cambio que tiene validez en todo el mundo, así como en el carácter utilizable del mismo para nosotros. El extranjero no vende nada a quien no tenga aquel signo de valor (moneda de oro o de plata) universalmente aceptado. Y aquél, para quien esta moneda que puede darle el extranjero carece de valor, no venderá nada a éste. A partir de ahora no es posible el comercio entre ambos por medio de una moneda. Sólo persiste el cambio de mercancías por mercancías. Éste no aumentaría demasiado por causa de su incomodidad».
    
Hoy sería necesario para nosotros los españoles salir de la estafa del euro, recuperar nuestra moneda y, seguidamente, acabar con la convertibilidad entre ésta y el resto de monedas.
    
Esta medida va acompañada de otra, también de naturaleza monetaria, muy importante (20):
    
«El gobierno renunciará solemne y definitivamente a aumentar la masa de la moneda nacional en circulación de un modo arbitrario y en beneficio propio, es decir, de tal modo que él obtenga un equivalente a cambio de dicho dinero, pague con él los sueldos o sufrague mediante el mismo cualquiera de sus gastos».
    
La masa monetaria, ante cambios en el volumen de mercancías producidas, se fija de una forma sencilla (21):
    
«(…) si los precios en dinero de las mercancías deben seguir siendo los mismos que hasta ahora, pondrá en curso tanto dinero cuanto valor de las mercancías se haya añadido al hasta ahora existente; o bien, si la masa de dinero en circulación debe seguir siendo la misma, distribuirá el valor añadido de las mercancías entre la masa total del dinero, y bajará los precios de todas las cosas tanto cuanto le corresponda según los cálculos hechos».
    
Es preferible la primera opción, evidentemente.
    
Papel del Estado en un Estado comercial cerrado
    
Tendrá que seguir existiendo un determinado volumen de comercio con el exterior, volumen que tenderá a ser decreciente, pero será el Estado el que asuma el control de este comercio imprescindible (22):
    
«(…) la magnitud del comercio que practicar provisionalmente con los países extranjeros se fijará, es decir, se determinará así: ¿qué tipos de mercancías, qué cantidad de las mismas cada año, y hasta cuándo, qué cantidad de ellas en cada distrito o para cada casa comercial, todavía habrá que importar de los países extranjeros o exportar a los mismos? Desde ahora en adelante ya no será el particular, sino el Estado, quien practique este comercio».
    
El Estado se convierte en un auténtico dinamizador de la economía, necesidad imperiosa si se quiere alcanzar el estado de autarquía, sinónimo de soberanía económica, sin la cual es irrealizable la auténtica soberanía política, como todo auténtico nacionalista sabe. Economía productiva y no economía especulativa (23):
    
«El gobierno (…) introducirá en el país todo producto cuyo cultivo sea rentable, toda especie animal noble, cuya cría sea probable en el país. No dejará de hacer ningún experimento, tanto con éstos como con la refinación de los viejos productos autóctonos, incluso en gran escala.
    
En esto hay una determinada meta, cuya consecución debe proponerse el gobierno antes del cierre completo del Estado: que todo lo que en el momento del cierre se produce en cualquier parte de la superficie de la gran república comercial, se produzca de ahora en adelante en el mismo país, de cualquier modo que sea posible en este clima. (…) Una vez que haya conseguido esta meta, el Estado se cierra; y de ahora en adelante, después de un comienzo tan bueno, el ulterior perfeccionamiento de todos los asuntos humanos prosigue su rápida marcha en él, separado del resto del mundo».
    
Hay que decir que la autarquía, como ideal económico, no es ningún capricho, ninguna ocurrencia. Esta idea hunde sus raíces hasta el pensamiento grecolatino. Aristóteles, por ejemplo, la propugna como única situación perfecta (24):
    
«La ciudad es la comunidad, procedente de varias aldeas, perfecta, ya que posee, para decirlo de una vez, la conclusión de la autosuficiencia total, y que tiene su origen en la urgencia del vivir, pero subsiste para el bien vivir. Así que toda ciudad existe por naturaleza, del mismo modo que las comunidades originarias. Ella es la finalidad de aquéllas, y la naturaleza es finalidad. Lo que cada ser es, después de cumplirse el desarrollo, eso decimos que es su naturaleza, así de un hombre, de un caballo o de una casa. Además, la causa final y la perfección es lo mejor. Y la autosuficiencia es lo mejor, y óptima».
    
En el contexto de hoy hay que compatibilizar el cierre del Estado con la constitución del bloque eurosiberiano, antes nombrado. Esto implica un cierre relativo entre las naciones constituyentes de tal bloque y un cierre absoluto de Eurosiberia con respecto al resto del mundo.
    
Tras la transición al Estado comercial cerrado, sólo el comercio exterior de productos necesarios y que son prácticamente imposibles de producir en el Estado en cuestión sería lícito. En tal caso, Fichte aboga no por el comercio libre sino por un pacto comercial entre Estados, sin beneficio monetario para ninguno de los participantes (25):
     
«En él no se consideraría desde ningún punto de vista la ganancia, sino la igualdad absoluta del valor; por eso, en este comercio, que sólo deben practicar los mismos gobiernos y de ningún modo el individuo particular, tampoco se necesitaría dinero, sino sólo un ajuste de cuentas. El gobierno garantizará al ciudadano la estabilidad de los precios; la naturaleza garantizará la persistencia del intercambio, puesto que, como suponemos, este intercambio es beneficioso para ambos Estados y los dos se necesitan mutuamente».
    
Hoy, para España, sería este el caso de la energía, pero siempre con el objetivo a medio plazo de lograr la autosuficiencia energética. Eurosiberia, obviamente, sería autosuficiente también en esto.
    
En todo caso, queda claro que el beneficio debe venir del trabajo, no de la especulación.
    
Estado comercial cerrado y política exterior
    
Territorialmente, el Estado comercial cerrado debe satisfacer cierta condición (26):
    
«un Estado que va a cerrarse en tanto que Estado comercial debe previamente o bien ganar terreno, o bien limitarse dentro de sus fronteras naturales, después que acontezca esto».
    
No se trata de hacer la situación internacional más inestable, al contrario (27):
    
«semejante Estado debe garantizar – y debe poder hacerlo – a sus vecinos que en lo sucesivo no intentará en modo alguno hacerse más grande. Pero sólo puede ofrecer esta garantía a condición de que se cierre a la vez en tanto que Estado comercial».
    
Sin embargo, el conflicto está garantizado de continuar con un sistema comercial abierto (28): 
    
«un Estado que sigue el sistema comercial usual y se propone conseguir cierta preponderancia en el comercio mundial, conserva un interés constante por crecer incluso fuera de sus fronteras naturales, para de este modo aumentar su comercio y, por medio del mismo, su riqueza». 
    
Las recientes guerras por el control del petróleo (Iraq, Libia) serían buena prueba de esto.
    
El cierre del Estado es la mejor garantía de paz (29): 
    
«un crecimiento por encima de su frontera natural no proporciona la más mínima ventaja al Estado comercial cerrado, pues toda su constitución está calculada solamente en función de la extensión disponible».
    
Consecuencias sociopolíticas del cierre comercial del Estado
    
El fruto del esfuerzo del cierre comercial es el enaltecimiento de la nación (30):
    
«Es evidente que en una nación tan cerrada, cuyos miembros conviven solamente consigo mismos y muy pocos con extranjeros; en una nación que conserva mediante aquellas medidas su forma de vida particular, sus instituciones y costumbres; en una nación que ama profundamente su patria y todo lo nacional: muy pronto surgirá un alto grado de honor nacional y un carácter nacional muy peculiar».
    
Lo contrario también es cierto. La apertura irrestricta de mercados otorga un magnífico instrumento de lucro, y de sometimiento de los pueblos al capital global, en menoscabo de los Estados y de las naciones, de la soberanía nacional. Las opciones están claras: o globalización, o cierre del Estado comercial; o ente mercantil mundial, o pueblo, patria, comunidad y nación.
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(3) El Estado comercial cerrado. Johann Gottlieb Fichte. Tecnos, Madrid, 1991, pág. 14.
(4) Fichte, op.cit., pág. 14.
(5) Fichte, op.cit., pág. 14.           
(6) Fichte, op.cit., págs. 19-20.
(7) Fichte, op.cit., pág. 46.
(8) Fichte, op.cit., pág. 111.
(9) Fichte, op.cit., págs. 41-42.
(10) Fichte, op.cit., págs. 42-43.
(11) No es un sovietismo avant la lettre, ni su consustancial pobreza para todos excepto para la casta comunista gobernante, la aspiración de Fichte. Así: «(…) el cierre del Estado comercial del que hablamos de ningún modo es una renuncia ni una modesta limitación al estrecho círculo de las producciones hasta ahora existentes en nuestro país, sino más bien una enérgica apropiación de nuestra parte de lo bueno y bello existente sobre la superficie de la tierra, en la medida en que podamos apropiárnoslo». Fichte, op.cit., pág. 121.
(12) Fichte, op.cit., pág. 114.
(13) Fichte, op.cit., pág. 116.
(15) Contra los acuerdos de MERCOSUR-UE que perjudican a España, Globalización, 21 de mayo de 2010.
(16) Fichte, op.cit., pág. 120.
(17) Fichte, op.cit., pág. 125.       
(18) Fichte, op.cit., pág. 128.
(19) Fichte, op.cit., págs. 127-128.
(20) Fichte, op.cit., pág. 131.
(21) Fichte, op.cit., pág. 64.         
(22) Fichte, op.cit., págs. 143-144.
(23) Fichte, op.cit., pág. 148-149.
(24) Política. Aristóteles. Alianza, Madrid, 2003, pág. 47.
(25) Fichte, op.cit., pág. 154.
(26) Fichte, op.cit., pág. 125.
(27) Fichte, op.cit., pág. 125.
(28) Fichte, op.cit., págs. 126.
(29) Fichte, op.cit., pág. 126.                           
(30) Fichte, op.cit., págs. 158-159.

7 comentarios:

  1. Muy interesantes este tipo de aportes.

    Yo no creo en un estado totalmente autárquico, creo que el modelo de liberalismo limitado(realmente no se le puede llamar liberalismoa eso) con una legislación que busque el bien común es más exitoso y adecuado , en España tuvimos un modelo parecido en los años 60 y dio un buen resultado.

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  2. Hay a quién la palabra autarquía le produce alergía (y otros que te oyen hablar de autosuficiencia y ya se piensan que les hablas de Cuba o de la URSS).
    Aplicando lo visto a España, está claro que lo mejor sería realizar un análisis económico y ver que sector es el que se domina bien (ahora mismo sería el del turismo). Quizá la clave para crecer esté en potenciar al máximo el sector primario (para lograr la autosuficiencia económica, además de seguir importando frutas y verduras para luego comprárselas a Marruecos) y luego desarrollar un modelo industrial decente.
    El problema de lo que propongo es que hoy es irrealizable, a los políticos solo les preocupa su legislatura y no un proyecto a 20-30 años.

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  3. España no tiene recursos suficientes para poder vivir en una autarquia verdadera, lo más realista, para mí, es un liberalismo limitado y supeditado al estado y al bien común con toques autarquicos en loq ue sea posible.

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  4. muy muy bueno, muy interesante y completisimo! muchas gracias por subir este tipo de cosas y no tardaremos en hacernos con alguna obra del citado autor.

    por cierto AJ, o no has leido bien o no has comprendido lo que has leido, porque España forma parte de Europa, y es en Europa y con Europa con quien debe ser autarquica frente al resto del mundo. autarquica y soberana

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  5. El asunto fundamental está en que nos encontramos en un momento crucial en el que la dicotomía izquierda/derecha hace tiempo que dejó de tener sentido y la línea de ruptura principal está entre los que promueven la globalización o mundialismo y los que la combaten. La opción nacionalista, obviamente, está incluida en este segundo grupo y hasta me atrevo a decir que es ahí la fuerza más importante, coherente y consciente.

    Ocurre también que hemos llegado a un punto en el que la importancia de los capitales transnacionales, especulativos o no (corporaciones multinacionales) han llegado a tal grado que se permiten desafíar y derrotar, casi diariamente, al poder estatal, incapaz de meter en cintura a estos agentes de la globalización.
    ____

    A.J. entiendo bien tus reservas hacia el asunto. Pero, por un lado, hago referencia al inicio del artículo al componente utópico del librito de Fichte. Como suele ser habitual en estos casos,esta obra marca más una dirección a seguir que un objetivo que se puede lograr al 100%. Por otro lado, estamos tan acostumbrados a la exaltación del mercado (mundial), que, siquiera por habituación, tendemos a sospechar, o a considerar imposible, cualquier cosa que desafíe este orden mercantil global. Por último, sí, España no es lo suficiente grande y rica en recursos como para llegar a la autarquía (que por definición es absoluta o no lo es); pero un cierto grado de autarquía sí es posible. Eurosiberia sí tiene plena capacidad para ser autárquica en sentido estricto. Y este es el punto que comentaban nuestros compañeros gallegos.
    ____

    Soldado, Cuba fue durante mucho tiempo la mantenida de la URSS; de autarquía en Cuba, nada de nada. Para el bloque soviético en conjunto (hablamos del COMECON) la autarquía fue más una impostura propagandística que otra cosa, pues este bloque comerciaba abundantemente con bloques comerciales externos. Tampoco en el interior del COMECOM se fomentaba la autarquía de los estados miembros: Rusia se quedaba con la producción de mercancías de alto valor añadido (industria) mientras relegaba a otros muchos estados a la producción de grano o azúcar, caso de Cuba.

    El problema de lo que propongo es que hoy es irrealizable, a los políticos solo les preocupa su legislatura y no un proyecto a 20-30 años.

    El problema principal es que todos los partidos hoy parlamentarios son partidos comprometidos con la globalización, el mercado mundial y el mundialismo y no tienen proyecto nacional alguno. Cuando llegan al poder (político) se limitan a apuntalar la farsa democrática y a constituir gobiernos de ocupación, empeñados en el fomento de:
    1) la gloabalización económica
    2) la globalización política (pérdida del poder político del estado-nación, cesión de competencias a organismos supranacionales, incluida la infame ONU)
    3) la globalización demográfica, u obsesión en acarrear hacia Europa el mayor número posible de inmigrantes no europeos con el objetivo, inequívoco, de destruirla
    4) la globalización cultural, con la represión de toda autoctonía y la propaganda masiva de toda forma cultural cosmopolita.

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  6. Estimados lectores de Nietzsche hispanohablantes:

    Con mucha preocupación observo que la propaganda anti-alemana está aumentando en todos los países. La debacle monetaria y financiera es inevitable. Ahora necesitan a alguien a quien darle la culpa de todo, y serán otra vez los alemanes. Traducí al español un artículo que da respuesta a las acusaciones absurdas contra Alemania:

    https://skeptizissimus.wordpress.com/2011/11/30/tiene-alemania-la-culpa-de-los-problemas-de-espana-y-grecia/

    Léanlo, por favor, y, mejor todavía, envíenlo a todos!

    Gracias y muchos saludos,

    Skeptizissimus

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  7. Skeptizissimus

    Interesante análisis. Descuide que aquí en España, por la cuenta que nos trae, algunos distinguimos bien entre los gobiernos y los pueblos (particularmente los sectores más conscientes y decentes del pueblo, los sectores más valiosos del mismo).

    También somos perfectamente conscientes de que tras la derrota europea en la II Guerra Mundial, Alemania, además de la pérdida de muchos territorios, sufre una ocupación de facto que merma severamente su soberanía. En España no estamos mucho mejor. Así que ninguna animadversión hay hacia el pueblo alemán (hacia sus sectores más conscientes).

    Por último, dejar bien claro que la Unión Europea es un engendro mundialista que nada tiene de europeo y que está diseñado precisamente para destruir Europa.

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