jueves, 14 de abril de 2011

¿Qué elegimos hoy en día en unas elecciones?

Se aproximan elecciones… otra vez. Da igual que sean municipales, este texto también viene muy a cuento. ¿Qué elegimos hoy al votar en unas elecciones? A menos que optemos por la disidencia real, alternativas nacionalistas que planten cara a la mundialización, al capital y al omnipresente y complementario marxismo cultural, elegimos actores de teatro. Elegimos quiénes van a interpretar el papel de gobernantes y quiénes el de opositores. Poco más. Eso sí, los actores son excelentes, muy metidos siempre en su papel, unos de presidentes, otros de ministros, de diputados, etc. También están muy bien pagados. Esa puede ser la razón fundamental de que estos canallas sean tan reacios a desvelar que el sistema político en el que desarrollan su actuación no es sino un inmenso escenario y que los que deciden, los que gobiernan de verdad, no están ya ni entre bambalinas.

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«Última consecuencia de la mundialización: la impotencia creciente de los Estado nación. Bajo el efecto de la aceleración de la movilidad internacional del capital, de la mundialización de los mercados y de la integración de las economías, los gobiernos ven reducirse a ojos vista sus posibilidades de acción macroeconómica. En materia monetaria su margen de maniobra es ya casi nulo puesto que los tipos de interés y de cambio están en la actualidad bajo la autoridad de bancos centrales independientes, los cuales toman sus decisiones en función de la evolución del mercado: si un país (o un grupo de países) decidiese una bajada unilateral de sus tipos de interés, se produciría inmediatamente una fuga de capitales hacia países con posibilidades de ganancias más importantes. Al mismo tiempo, la capacidad de movilización monetaria de los bancos centrales se ha vuelto inferior al volumen de transacciones: ¡en julio de 1993 el Banco de Francia perdió en un solo día de ataque especulativo contra el franco la totalidad de sus reservas de cambio! En materia presupuestaria, el margen de libertad de los Estados se ve igualmente mermado por un endeudamiento público elevado, el cual les imposibilita toda reactivación no concertada. Por último, en materia de política industrial, los gobiernos no tienen otra alternativa para hacer frente a la competencia que intentar atraer a las empresas extranjeras a base de subvenciones y tratamientos fiscales privilegiados, lo que les sitúa a merced de las exigencias de las empresas multinacionales.

Ahora bien, éstas no se conforman con trascender fronteras. Como hemos visto, también tienen peso en los mandos legislativos responsables de reglamentar sus operaciones. Unos impuestos o unos sueldos demasiado altos, unas condiciones de trabajo socialmente pesadas, les ahuyentan. (…) El poder fiscal de los Estados no es ya soberano sino contractual, puesto que negocia necesariamente con un capital más errático y, por tanto, con mayor capacidad para imponer sus condiciones. (…)

La economía mundializada hace así soportar a los Estados nación unas imposiciones tan fuertes que éstos ven cómo todos sus medios de acción tradicionales están siendo poco a poco relegados al trastero. Confrontados con unas dificultades crecientes para el control de las riquezas, se encuentran despojados de un incentivo político esencial: la ordenación coherente de su territorio. Y puesto que todo esfuerzo presupuestario en el ámbito social equivale a otro tanto restado a su capacidad de competitividad económica, no pueden cumplir con su papel de gestores de los compromisos sociales. Los hombres políticos se vuelven impotentes y el Estado cambia de naturaleza. De mediador social como era, pasa a estar encargado de un simple papel de gestión territorial de unos flujos que le superan. (…)

Pero sobre todo, son los principios democráticos los que también se ven afectados. La legitimidad que los dirigentes obtienen al ser elegidos por el pueblo ciudadano se pone en entredicho en el momento en el que ya no tienen medios para interponerse entre las exigencias del capital y las necesidades del cuerpo social. Por otra parte, la libre circulación de capitales limita también el campo de control democrático sobre las políticas económicas y sociales, por estar dichas políticas sometidas a presiones exteriores de las que no se pueden librar, y por las transferencias del poder de decisión en beneficio de actores económicos mundiales que no tienen que rendir cuentas a nadie. La ciudadanía se vuelve de este modo inoperante y sin sentido, hasta el punto de llegar a preguntarnos qué es lo que puede querer decir “tomar el poder” en un mundo como este».


Fragmento del artículo “Frente a la mundialización”, de Alain de Benoist. Publicado en Más allá de la derecha y de la izquierda. Alain de Benoist. Áltera, Barcelona, 2010, págs. 127-130.

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