miércoles, 29 de diciembre de 2010

Malinterpretar a Nietzsche

Existen varias formas de malinterpretar a Nietzsche. Y otras más de hacerlo homologable con el sistema de ideas dominante hoy, lo cual supone una de las formas de malinterpretación máxima. Una de ellas es la del profesor Sánchez Meca, el cual, ya en el prólogo a la primera edición de su obra Nietzsche. La experiencia dionisíaca del mundo, da cuenta de ella (prólogo en el que también hay que señalar la presencia de muy notables aciertos de interpretación aún fallando el marco general). A nadie puede sorprender, a estas alturas, la dificultad “estructural” de los profesores universitarios para comprender realmente a Nietzsche.
     
Y así, nos encontramos aquí a un Nietzsche convertido en esforzado profesor de filosofía y preocupado en hacer que nos cuestionemos nuestras ideas (modernas), pero no para rechazarlas:
   
«Hoy ya nadie se escandaliza si alguien se muestra transgresor y crítico, por ejemplo, con el cristianismo, con el militarismo o incluso con el nacionalismo. Pero, ¿qué pasaría si alguien cuestionara seriamente la compasión con los marginados y los débiles, las reivindicaciones feministas, el sufragio universal, el principio de igualdad de derechos sin discriminación, la obligatoriedad universal de los principios básicos de la moral, etc.? Éstos son quizás los fundamentos sobre los que hoy es posible nuestro mundo y nuestra sociedad, son valores que representan nuestras condiciones de vida, y el juego de Nietzsche no pretende socavarlos, destruirlos, invertirlos, convencer al lector para que se vuelva un antidemócrata, un antimoderno, un belicista, un elitista reaccionario o un escéptico hedonista intolerante e insolidario. El objetivo no es que el lector reniegue de lo que es y se convierta en lo contrario de sí mismo. En el desafío que supone hacer al lector avanzar en una mayor conciencia de sí, el método que Nietzsche emplea es ponerle delante un espejo donde se refleja el lector mismo junto a su otro, junto a todas esas otras posibilidades y puntos de vista sobre las cosas que nunca se plantea. Pues sólo mediante la comparación y el contraste con otras interpretaciones y valores, tal vez opuestos, se muestra la parcialidad y la unilateralidad de esas convicciones propias que nunca se cuestionan».
    
Nietzsche. La experiencia dionisíaca del mundo. Diego Sánchez Meca. Tecnos, Madrid, 2006, págs. 11-12.
   
Bien. No cuela. En primer lugar, para entender el no cuestionamiento de esas modernas “convicciones propias”, habría que hacer entrar en el análisis el papel de la propaganda. En segundo lugar, dar esta metodología y esta intención por ajustada a la realidad de lo que Nietzsche quería, implica admitirlo en el cuerpo de los “buenos” filósofos. Sería entonces otro filósofo moderno y conservador más, como Kant, como Hegel o como Marx (algo que Nietzsche ni siquiera fue, en sentido pleno, en su breve etapa positivista). Su filosofía encajaría plenamente en la corrección política filosófica y sociopolítica actual, quedando tan sólo como aquel filósofo molesto, provocador, pero “de los nuestros” (de los suyos), que nos muestra las debilidades e insuficiencias del corpus de ideas modernas hoy dominante, pero sin cuestionarlas realmente y, si acaso, como mero ejercicio de relativismo con vocación constructiva y formadora. Sería también entender la filosofía de Nietzsche como una actividad clarificadora, útil para poner de manifiesto el carácter relativo de nuestras ideas modernas, después de todo correctas.
    
La buena noticia es que el profesor Sánchez Meca no cumple plenamente este programa esbozado en el prólogo. Y así, cuando Nietzsche trata un asunto “problemático”, Sánchez Meca termina más manifestando su disconformidad con él que haciéndolo decir aquello que no dijo. En otros aspectos y momentos, justo es decirlo, hay un buen ejercicio de hermenéutica nietzscheana y de comprensión profunda del autor.