jueves, 25 de noviembre de 2010

Propaganda

Es evidente que esta página no es propagandística sino dedicada al análisis y a la discusión. Por ello mismo puede permitirse hacer un estudio de la propaganda en términos analíticos. Es una obviedad que la propaganda es un instrumento de poder fundamental; no lo es menos que los nacionalistas no hemos sabido utilizarla bien. Mientras que los marxistas han logrado que, virtualmente, casi todo el mundo sea marxista, mientras que los burgueses han conseguido rebajar al hombre a la categoría de ávido consumidor, la nación y la raza son conceptos cada vez más denostados por la masa, expuesta sin misericordia a una propaganda que aspira a hacer de ellos seres ciertamente estúpidos y grotescos.
     
La buena propaganda puede ser considerada un arte con una serie de reglas no demasiado numerosas pero cuyo cumplimiento determina su calidad, es decir, su eficacia. En el texto que viene a continuación, Adolf Hitler reflexiona acerca de la propaganda y de los medios para lograr una eficacia máxima de la misma. Alguno podría objetar que incluir un texto de este autor en la página web no es una buena propaganda ni algo que mejore la reputación de uno. Pero como la página no es de propaganda sino de análisis, como el texto en cuestión es valiosísimo y como no nos interesa la opinión del rebaño, ahí va. Habla Hitler.
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«El fin de la propaganda no es la educación científica de cada cual, y sí llamar la atención de la masa sobre determinados hechos, necesidades, etcétera, cuya importancia sólo de esta forma entra en el círculo visual de la masa.
    
El arte está exclusivamente en hacer esto de una manera tan perfecta que provoque la convicción de la realidad de un hecho, de la necesidad de un procedimiento, y de la justicia de algo necesario. La propaganda no es y no puede ser una necesidad en sí misma, ni una finalidad. De la misma manera como en el supuesto del cartel, su misión es la de llamar la atención de la masa y no enseñar a los cultos o a aquellos que procuran cultivar su espíritu; su acción debe estar cada vez más dirigida al sentimiento y sólo muy condicionalmente a la llamada razón.
    
Toda acción de propaganda tiene que ser necesariamente popular y adaptar su nivel intelectual a la capacidad receptiva del más limitado de aquellos a los cuales está destinada. De ahí que su grado netamente intelectual deberá regularse tanto más hacia abajo cuanto más grande sea el conjunto de la masa humana que ha de abarcarse. Mas, cuando se trata de atraer hacia el radio de influencia de la propaganda a toda una nación, como exigen las circunstancias en el caso del sostenimiento de una guerra, nunca se podrá ser lo suficientemente prudente en lo que concierne a cuidar que las formas intelectuales de la propaganda sean simples en lo posible.
    
Cuanto más modesta sea su carga científica y cuanto más tenga en consideración el sentimiento de la masa, tanto mayor será su éxito. Esto, sin embargo, es la mejor prueba de lo acertado o erróneo de una propaganda, y no la satisfacción de las exigencias de algunos sabios o jóvenes estetas. El arte de la propaganda reside justamente en la comprensión de la mentalidad y de los sentimientos de la gran masa. Ella encuentra, por la forma psicológicamente adecuada, el camino para la atención y para el corazón del pueblo. Que nuestros sabios no comprendan esto, la causa reside en su pereza mental o en su orgullo. Comprendiéndose la necesidad de la conquista de la gran masa, por medio de la propaganda, se saca la siguiente conclusión: es errado querer dar a la propaganda la variedad, por ejemplo, de la enseñanza científica.
    
La capacidad receptiva de la gran masa es sumamente limitada y no menos pequeña su facultad de comprensión; en cambio, es enorme su falta de memoria. Teniendo en cuenta estos antecedentes, toda propaganda eficaz debe concretarse sólo a muy pocos puntos y saberlos explotar como apotegmas hasta que el último hijo del pueblo pueda formarse una idea de aquello que se persigue. En el momento en que la propaganda sacrifique ese principio o quiera hacerse múltiple, quedará debilitada su eficacia por la sencilla razón de que la masa no es capaz de retener ni asimilar todo lo que se le ofrece. Y con esto sufre detrimento el resultado, para acabar a la larga por ser completamente nulo».
    
Mi lucha. Adolf Hitler. Miguel Serrano, Santiago de Chile, 1994, págs. 141-142.