lunes, 17 de agosto de 2009

La sombra de Caracalla

En las apasionantes páginas de Los fundamentos del siglo XIX de Houston Stewart Chamberlain, sin duda una de las obras más brillantes de su tiempo, en medio de la vasta erudición y los profundos análisis del pensador anglo-germano sobre la historia de nuestra civilización, encuentro un pasaje de gran interés por el parecido innegable que tiene con hechos de nuestro presente, tanto español como europeo.
En el capítulo dedicado al legado de Roma, H. S. Chamberlain aborda la época en que los emperadores dejan de ser exclusivamente de sangre itálica y entran en escena, bajo la púrpura imperial, mandatarios de otros orígenes. Tiene palabras admirativas para el español Trajano (que llevó al Imperio a su más brillante apogeo), para caer, a renglón seguido, implacablemente sobre el sanguinario monstruo siriaco-púnico conocido en la historia con el apodo de Caracalla. Este Caracalla, de origen sirio (aunque nacido en Lyon) y cartaginés (o sea púnico), es decir semita por los cuatro costados, es famoso en los anales de Roma por un edicto por él promulgado por el cual otorgaba el derecho de ciudadanía a todos los habitantes (libres) del Imperio. De golpe, en palabras de Chamberlain, Roma dejaba de ser Roma. Y sigue así: Durante mil años exactamente, los ciudadanos de Roma (y después, poco a poco, en virtud de una equiparación gradualmente acordada, aquellos de las demás ciudades de Italia y de algunas ciudades extrapeninsulares que se quería recompensar) habían gozado de ciertos privilegios; pero los habían merecido, tanto por las responsabilidades cuya carga asumían como por su dura e incesante labor, coronada por un éxito maravilloso. A partir del edicto de Caracalla Roma estuvo en todas partes, es decir, en ninguna. (...) La concesión del derecho de ciudadanía trajo otra consecuencia: simplemente, no hubo más ciudadanos. (...) La misma palabra civis (ciudadano) es sustituida por la expresión subjectus (sujeto), hecho tanto más sorprendente que la noción de "sujeto" es tan extraña a todos los representantes de la raza indoeuropea como a los de la gran monarquía: encontramos, pues, en esa transposición de un concepto jurídico, una prueba irrefutable de la influencia semítica.
Y añade H. S. Chamberlain en una nota a pie de página: Algunos historiadores han indicado, sino la significación verdadera del "generoso" edicto del año 212, por lo menos su objetivo inmediato, sus razones fiscales. El principal impuesto directo del Imperio consistía en un derecho del 5% sobre las sucesiones, que sólo concernía a los ciudadanos romanos. De un trazo de pluma, Caracalla, al convertir en ciudadanos a todos los habitantes, extendía ese impuesto a todos los traspasos de propiedades que se llevaban acabo entre sus sujetos; y por añadidura lo subía de un 5% a un 10%.
Y concluye citando a otro historiador conocedor del tema: Caracalla se había propuesto como meta la destrucción de Roma con todo lo que sobrevivía de la cultura griega. Esta tentativa se llevó a cabo sistemáticamente bajo la capa de bellas frases tocantes a la religión de la humanidad y de la ciudad universal. Es así como bastó de un sólo día para aniquilar Roma para siempre, y es así como Alejandría, el centro del arte y de la ciencia, fue también, y sin haber siquiera sospechado la suerte que le esperaba, víctima de la bestialidad que negaba razas, patrias y fronteras. (...) ¡No olvidemos nunca, no olvidemos ni un sólo día que la sombra de Caracalla planea por encima de nosotros y que sólo espera la ocasión para cometer sus fechorías! Antes de repetir los lugares comunes humanitarios que ya estaban de moda en Roma en los salones semíticos hace 1800 años, y que no son menos engañosos hoy como entonces, haríamos mejor en decir con Goethe:
Debes elevarte o abismarte,
Debes dominar y ganar
o servir y perder,
Sufrir o triunfar
Ser yunque o martillo.
¿No resuena todo esto a nuestros oídos bastante familiar? ¿Hace falta ponerles nombres, en nuestro panorama nacional y europeo, a los actuales Caracalla? La verdad es que nos encontramos inmersos en el nefasto sistema de los nuevos Caracalla, que buscan, como el original, la destrucción del edificio de la civilización mediante la implantación de esa doctrina semítica de la igualdad de los hombres, de la solidaridad entre todos los pueblos, de la armonía entre las razas, de la fraternidad universal (la Alianza de Civilizaciones, la Paz Perpetua, etc...), esa criminal y aberrante demagogia que busca la sumisión definitiva de estirpes nobles y convertirlas en un rebaño dócil a sus amos, pretendidamente naturales: la supuesta aristocracia racial que anunciaba Kalergi.

Arjun

2 comentarios:

  1. Arjun, tu texto es tan revelador y demuestra con tanta maestría la corriente cíclica de la historia y del tiempo que no sé realmente qué comentarte sin parecer de Perogrullo.

    Sin duda, el asunto de Caracalla y su repercusión son sumamente similares a la situación actual. Mandatarios así son los que promueven la decadencia, y a mí siempre me queda la duda de si lo hacen "a sabiendas" o "con buenas intenciones y no saben que están en un error". En todo caso, ¿creer en bunas intenciones? NO, por supuesto que no.

    En la actualidad vivimos una debilidad institucional sin precedentes, con políticos cobardes, medrosos, temerosos de los juicios morales de los más débiles y “con la creencia de creerse superiores, legisladores de lo que está bien y mal”. Hay que ser valientes, tomar decisiones cuerdas, no dejarse llevar por lo establecido, que es todo un error consensuado y mayoritario, desgraciadamente. Hoy más que nunca la democracia muestra su cara más pusilánime. En fin, la clase política está llena de caracallas, es más, rebautizaría la Clase política como “Clase Caracallesca” (jajajaja).

    Hasta pronto.

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  2. Muy bien traído este texto, Arjun. La comprensión profunda del Edicto de Caracalla nos ayuda a entender también, a pesar del salto temporal y contextual, ciertos asuntos del presente. Lo mismo que aquél edicto acabó con la ciudadanía romana, la actitud y la política hacia la inmigración masiva y los inmigrantes de los sucesivos gobiernos ZOG, en España y en otros países europeos, han terminado por desvirtuar el significado y vaciar el contenido de la ciudadanía en todas estas naciones.

    Porque, ¿qué sentido tiene ya el concepto de ciudadanía para un español cuando un recién llegado goza, casi de inmediato, de los mismos derechos, e ncluso más, que el nacional?

    Quien no lo crea así que piense en lo que sigue: mediante los instrumentos de la discriminación positiva y de la corrección política, el inmigrante ha logrado una posición de preeminencia con respecto al español en lo que a obtención de valiosos recursos se refiere. También prreminencia legal, pues un código penal de neto carácter racista anti-blanco soportamos los españoles.

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