jueves, 4 de septiembre de 2008

Inmigración como colonización o Cuando el presente vive a costa del futuro

Es muy significativa la utilización, en el discurso políticamente correcto, del eufemismo inmigración por el concepto colonización. Con esta sinécdoque se consigue ocultar el proceso en marcha y no alarmar a la población, lo que presumiblemente va a permitir que continúe. No toda inmigración supone necesariamente una colonización, pero la situación a la que Europa se enfrenta ahora sí la constituye. El término colonización indica un carácter masivo y duradero de la presencia en el territorio propio de los nativos de gentes alógenas a estos, y hasta de ocupación física del espacio antes habitado por los primeros, significados que inmigración no posee. Este eufemismo es complementario de otros que tienen como objetivo anular la dimensión étnica de las personas: magrebí por árabe o por berebere y subsahariano por negro. En ambos casos se utiliza un elemento puramente geográfico para referirse a algo que tiene mucho de étnico. Más grave aún es denominar latina a la inmigración amerindia, asunto que excede el mero eufemismo. En todos estos casos se trata, por parte de la ideología dominante y de su discurso particular, de apuntalar como sea el consenso étnico establecido por el poder (y que curiosamente toma la forma de una repetida negación de lo étnico, prueba de que lo étnico se ha vuelto crítico en nuestro continente).
Nosotros, los buenos europeos, nos enfrentamos a una colonización de nuestro territorio por parte de gentes venidas de forma masiva del sur, del sureste y del suroeste y ajenas a nuestros sustratos étnicos y a nuestras culturas. Por el carácter masivo de esta inmigración, por el carácter persistente que presenta en el tiempo y por su efecto acumulativo podemos concluir que nos hallamos ante un fenómeno claro de colonización del territorio por otros pueblos. Esta colonización, lejos de detenerse, se profundiza día a día.
Una serie de factores relacionados nos señala el futuro de continuar con esta inercia. Un contingente de población no europea ya numerosa y establecida aquí; una irrupción en nuestro territorio continua y sustancial de nuevos inmigrantes y a los que en su mayoría el poder empresarial, bien articulado con pintorescos y bien financiados lobbies pro-inmigración, la opinión pública y cierta ideología humanitarista (cuyos presupuestos son mantenidos acríticamente, a pesar de la acumulación de hechos aquí y allá que la ponen en cuestión y la dejan en evidencia como mero instrumento de poder y mera demagogia del poder globalizador) protege de la aplicación de la ley y consecuente expulsión. Y, por último, unas tasas de fecundidad entre la población inmigrante notoriamente elevadas en relación a la población nativa, son los elementos que van provocando la inversión demográfica y la sustitución de una población por otra, es decir, la colonización.