martes, 21 de marzo de 2017

¡Que los marxistas culturales no te avergüencen por tus ideas!


Es importante conocer bien las tácticas dialécticas del enemigo ideológico marxista cultural en la discusión y lucha sociopolítica común. En esta ocasión voy a analizar una táctica muy típica de estas gentes, que entra directamente dentro del juego sucio dialéctico, la táctica de avergonzar al oponente por sus ideas, de manera que este se retracte o, al menos, se calle.

Un requisito esencial para poder utilizar esta táctica con éxito es el que la ideología de los partidarios ideológicos que van a utilizarla disponga de una situación de hegemonía o, al menos, de un cierto predominio, que permita hacer pasar sus particulares ideologemas como ideas de sentido común y como ideas positivas. Tras décadas de intensa propaganda y adoctrinamiento en el marxismo cultural, tanto desde instancias gubernamentales como no gubernamentales, esta es la situación para los partidarios de esta ideología, que imponen así la llamada corrección política.

El avergonzamiento ocurre de una manera muy sencilla. Cuando una persona emite una opinión opuesta o simplemente distinta a los postulados propios del marxismo cultural, esta opinión y la persona misma es ridiculizada públicamente al objeto de que sienta vergüenza de su opinión políticamente incorrecta. Es necesario que la ridiculización sea pública, y que la persona discrepante se vea en minoría o que sea la única en defender esta postura (de ahí la necesidad de hegemonía o de predominio ideológico del marxismo cultural). La presión psicológica percibida y el gregarismo habitual logran la rectificación o, al menos, el silencio de la persona así avergonzada.

domingo, 5 de marzo de 2017

¡Hombre, deja de remar!


Existe un contrato social entre sexos, un contrato sexual, que otorga unos derechos e impone unas obligaciones a hombres y mujeres. Las obligaciones de los hombres permiten los derechos de las mujeres y las obligaciones de las mujeres los derechos de los hombres. Si la acción combinada del liberalismo y del feminismo hace que este contrato sexual se rompa porque las mujeres se niegan a cumplir las obligaciones del contrato, no hay motivo alguno para que los hombres sigan cumpliendo con las suyas, es decir, para que sigan remando. Esto, que en un planteamiento abstracto es de sentido común, parece difícil de comprender, y aún más de practicar, para una proporción importante de hombres.
   
La ruptura del contrato sexual ha sido asimétrica: las mujeres liberales y feministas, hoy la mayoría, se niegan a cumplir con sus obligaciones pero exigen, con más fuerza si cabe, sus derechos. Exigen a los hombres seguir remando, directamente o, indirectamente, a través de la coacción estatal, por ejemplo mediante leyes de divorcio abusivas, mediante la infame Ley Orgánica de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género, mediante las listas electorales “paritarias” y las listas electorales “cremallera”, mediante las subvenciones masivas a asociaciones y entramados feministas, etc. 
   
Los hombres son presionados para que sigan remando, a pesar de la ruptura del contrato sexual. Ahora reman, cumplen con sus obligaciones, sin derechos a cambio. La mujer liberal y feminista, en cambio, pretende hacer lo que le viene en gana y seguir disfrutando de unos derechos que solo corresponden a aquella que cumple con sus obligaciones, en virtud del contrato sexual. La presión a los hombres para que sigan participando en este juego desigual e injusto es de dos tipos. La derivada de la coacción estatal, legal, ejemplificada en varios supuestos arriba, y la proveniente del chantaje de la caballerosidad, que impide al varón eliminar el trato preferente, que hoy deviene aquel conjunto de privilegios de nivel microsociológico que los hombres dan a las mujeres por el mero hecho de ser mujeres. Para la mujer no feminista y no liberal esos privilegios son derechos (en sentido sociológico, no legal), pero para la mujer feminista y liberal son privilegios. 
   
Sobre la coacción estatal poco se puede hacer a nivel individual e inmediato. Se puede y se debe luchar políticamente contra el feminismo y sus abusos; se debe tratar de poner en manos del estado la menor cantidad de recursos posibles (de tipo económico, de legitimidad, etc.) para que las prácticas abusivas contra los varones puestas en marcha por el estado tengan menor alcance. Pero sobre el chantaje de la caballerosidad sí se puede actuar de modo inmediato e individual. Simplemente dejando de comportarse como un caballero con aquellas mujeres liberales y feministas, lo cual quiere decir eliminar el trato preferente y sustituirlo por la indiferencia. Esta ha de ser la actitud social por defecto hacia este tipo de mujeres.

lunes, 20 de febrero de 2017

Policías de las palabras


¿Quiénes son los policías de las palabras? Obvio. Son aquellos individuos que en el contexto de cualquier discusión sociopolítica utilizan con frecuencia, o casi inevitablemente, las denominadas palabras-policía. El hecho de mencionar aquí la discusión sociopolítica implica que en la conversación hay algún tipo de desacuerdo sociopolítico, pues en caso contrario esta conversación no sería discusión sino comentario de ideas entre personas políticamente muy afines o, más frecuentemente, enumeración de consignas. 

¿Palabras-policía habituales? “Fascista”, “racista”, “machista”, “homófobo”… ¿De qué nos informa esto? Evidente. De la adscripción política habitual de los policías de las palabras. Abundan entre estos individuos policíacos los “antifascistas”, los “antirracistas” (inmigracionistas, racistas antiblanco), los sharperos y los guarros en general, las feministas y los homosexualistas. Pero no queda todo ahí, pues estos son grupos ideológicos muy específicos con unos corpus idelógicos que en buena parte pueden ser asumidos por otros grupos ideológicos más generales, como anarquistas, comunistas de deriva marxista cultural, socialdemócratas y, como no, liberales. Menos evidente, o menos analizado. De la auténtica hegemonía que el marxismo cultural en sus variadas formas hoy disfruta. La ley ideológica es el marxismo cultural y sus policías son los adscritos de una u otra manera a esta macroideología, en definitiva, los referidos. 

¿Por qué utilizan palabras-policía? A un nivel concreto, es decir referido a esa discusión, para hacer trampa y vencer en ella sin llegar a discutir en profundidad. ¿Y por qué no discutir? Para no tener que enfrentarse, cuando se les señalan, a los abundantes cortocircuitos ideológicos provocados por la incoherencia lógica que es común a las variadas formas de marxismo cultural. La palabra-policía excluye del debate al oponente ideológico. A un nivel general, para reprimir en el otro “malos pensamientos”, es decir, aquellos que cuestionan los ideologemas emanados del marxismo cultural hoy hegemónico. En resumidas cuentas, para tratar de evitar la aparición de disidencia, mediante el control del pensamiento.

jueves, 9 de febrero de 2017

La izquierda no considera fascista la prioridad nacional hacia el cine español


La izquierda, y la derecha liberal, consideran fascista la prioridad nacional hacia los españoles en lo que respecta a las ayudas sociales. En coherencia con esto, critican y persiguen política y judicialmente cualquier acción en este sentido, como los repartos de comida a españoles necesitados organizados por algunas organizaciones políticas y sociales y que, por este mismo hecho, son atacados con las palabras-policía “fascista”, “racista”, “nazi”, etc.

Pero se da la situación llamativa, incoherente, de que esta misma izquierda está muy a favor de la prioridad nacional para el cine español. Con este tipo de prioridad no tienen problema alguno, al contrario, la defienden, y además critican cualquier intento de introducir algo de racionalidad en unas subvenciones al cine español y en un apoyo institucional al mismo, a numerosos niveles, evidentemente excesivos. Y más siendo un cine tan poco artístico en general, tan chapucero, tan den aficionados, tan grotesco, tan malo, tan rechazado por el público y tan ignorado en el extranjero.

¿Por qué sí está bien la prioridad nacional para los directores de cine y  los actores españoles y no para los necesitados españoles? ¿Se nos dice con esto que las especies “director de cine español” y “actor español” están a un nivel superior al de la especie “ciudadano español necesitado”? Esta posibilidad no hay que descartarla: la nueva izquierda muchas veces se nos ha mostrado como acentuadamente clasista y despreciadora de la clase trabajadora y del pueblo en general. Además, los directores de cine y actores españoles gozan de una gran atención mediática e institucional y de una gran credibilidad cuando no actúan como actores, sino como agitadores y propagandistas de las más variopintas ideas de la izquierda y de la extrema izquierda. Quizás para la izquierda este servicio merezca un pago (generoso), pero a cuenta, no de las organizaciones de izquierda cuyo discurso y consignas propagan, sino del contribuyente. O, ¿se nos está diciendo con esto que el llamado cine español tiene en realidad muy poco de español, muy poco de patriótico, entendido patriótico no sólo en el sentido de ensalzamiento de lo nacional sino que también en el de producción cultural que refleja bien la esencia de la nación? Estas son preguntas que debe responder la izquierda. Mientras tanto, queda esta incoherencia en su discurso y actuar político: prioridad nacional para directores de cine y actores españoles pero no para necesitados españoles.

Publicado también en Alerta Digital.

miércoles, 1 de febrero de 2017

Cuando te llaman machista


Hablo aquí de una situación más que frecuente, la de que te llamen machista, algo que ocurre en la mayoría de las ocasiones sin motivo sustantivo, es decir, sin serlo o sin haber actuado como tal. 

“Machista” es una palabra-policía. Además es de las que tienen más fuerza, casi comparable en este sentido a “racista”, a “fascista”, a “nazi”… Ya se explicó en su momento qué son las palabras-policía: aquellas connotadas de tal manera que además de expresar algo, servicio esencial de cualquier palabra, adquieren dos utilidades suplementarias. Una de ellas es funcionar como herramientas de represión de “malos pensamientos”, es decir, de aquellos disconformes con la ideología dominante determinada. La otra es servir como instrumentos de descalificación radical del oponente discursivo. 

Pueden llamarte machista no habiendo sostenido un discurso o ejecutado una acción de carácter machista. De hecho, y como he dicho, la mayoría de las veces en que se utiliza esta palabra como acusación contra un hombre cualquiera acontece de esta manera. En tales casos, el carácter policíaco de la palabra se hace evidente. La persona que te llama así, seguramente una mujer, o un hombre bien adoctrinado en la ideología feminista, pretende que te calles, avergonzándote y sacándote del debate, o haciendo que otros te saquen, o que interrumpas tu acción, o que te la interrumpan. También puede pretender adoctrinarte, “educarte” en el feminismo, aunque más probablemente persiga adoctrinar y educar al público. Hoy “machista” puede ser casi cualquier cosa que no sea obedecer a la mujer feminista más cercana. Conforme la ideología feminista ha ido alcanzando más influencia social, hasta convertirse en hegemónica, ha ido intensificando sus postulados y abarcando más y más parcela social, hasta devenir ideología de claro carácter extremista y totalitario. Lo cual, ¡ojo!, tampoco quiere decir que antes existiera un feminismo bueno. 

¿Qué hacer? En primer lugar, no tomarse la acusación demasiado en serio. Esto no significa que el asunto no sea serio, que las intenciones del acusador no puedan ser serias, o que las consecuencias carezcan de esta seriedad. Pero la realidad es la que es, y cuando una ideología extremista y totalitaria se hace hegemónica no deberían quitarte el humor las consecuencias de tal hegemonía en una situación discursiva concreta. Esto no quiere decir renunciar a la propia defensa, que no va a consistir en reprimir los propios “malos pensamientos”, en desdecirse o en pedir disculpas a la agraviada de turno, sino en sostener un discurso fuerte y claro sobre el asunto, poniendo de manifiesto que los postulados de la ideología feminista son solo eso, postulados de una ideología muy concreta y no la verdad per se. Esto suponiendo que te dejen defenderte, cosa que no siempre ocurre. Muy importante es recordar siempre que las discusiones con feministas militantes son no sólo de mal gusto, también inútiles; toda esta defensa debe ir dirigida al público general, más o menos adoctrinado en la ideología feminista. Se debe saber, no obstante, que lo más frecuente entre el público ya adoctrinado en este extremismo es lo mismo que te encontrarás entre las feministas militantes: rostros desencajados y masivo vociferar. En segundo lugar, aunque esto es algo que, si te gusta la libertad o la justicia, hay que haber estado haciendo antes, pero valga la situación como aviso de una tarea pendiente, luchar constantemente en contra de la hegemonía de tal ideología feminista. Muchas cosas se pueden hacer, desde evitar la propaganda feminista en lo posible, a boicotear productos con evidente carga ideológica feminista, negar tu voto a personas y candidatos feministas, etc. En tercer lugar, y casi lo más importante, rodearte de aquellos que son como tú.